De la palabra y la música
“Una “música
para leer” es un callejón sin salida; una canción que se entienda, que
reflexione, que nos hable en el idioma de la especulación, no es música sino un
tratado. La palabra adosada a la melodía es un señuelo que atrapa a los
espíritus más débiles, a todos aquellos que necesitan de un diagrama del mundo
para poder transitar por él”.
Gustavo Varela
Tal vez es hora de ir
perfilando lo que sin decir se va produciendo aquí: el vínculo entre palabra y
música. Toda vez que los analistas observamos esto tendemos a hacer de la
palabra lenguaje, y de la música resonancia. O también, si nos sentimos en
forma, nos arriesgamos a proponer en la palabra lo sonoro, y en la música su
lenguaje. Y todas las veces no decimos lo mismo cuando hablamos de palabras y
música. Porque hay música en la palabra, porque hay lenguaje en la música.
Pero si vamos viendo lo que nos ha
aportado Nietzsche, éste creyó en la música, en su sonoridad, intentó los versos,
la poesía, en la palabra, para cortar un poco esa tendencia del hombre a la
verdad, al sentido, y lo más allá (esclarecido). Se encontró con Wagner en este
camino, y con Schopenhauer, como ya vimos. Porque, como afirma Varela:
“Esta relación íntima entre música y palabra tiene
una raíz wagneriana. Que el lenguaje tenga un asiento musical que excede su
precipitado hacia la verdad es la idea de Leitmotiv con la que el músico
compone sus dramas”.
En su texto, donde su
filosofía es música (Zaratustra), Nietzsche ya no usa la palabra “música”, sino
“canción”, “baile”, etc. No son exactamente sinónimos, sino una forma de decir
nueva. La música en la palabra es particularmente entendida como versos, como
poesía, pero… También tenemos esa elaboración de Lacan cuando propone lalengua como un concepto que reúne goce,
resonancia, cuerpo. Lo que en esta no está es el orden, la ley significante, y
por lo tanto, el Otro significante, pero… ya volveremos.
Una
música sin palabras ya la conocemos. Es más sencillo, es la que sale de los
instrumentos. Claro, la voz humana también es un instrumento.
Por
eso propongo este extremo, la mostración de Lenine, el músico, que une al canto de los grillos, al ruido de
la naturaleza, chirriante, intrusivo e insistente, la voz; cuando la misma se
vuelve melódica, toma al canto de los grillos como música. Surge la palabra, pues
sólo la música –la melodía de la voz– no podría generar ese contraste. Es la
potencia de la voz que dice palabras en tanto musicales.
Solo
al final, cuando ya nos quedó claro, empieza una ligera melodía de otro
instrumento que la voz, el bajo. Cuando acompaña el bajo, como un sutil y
ancestral y lejano (por lo mismo profundo) “om”, es sólo para no sustituirlo
con otro sonido de la naturaleza que pueda decirlo, como un río, o un trueno, o
una roca cortando el viento al caer en un pozo sin fin (¿quién podría escuchar
tal sonido?).
Las
palabras musicales serían aquellas que arrebatan al sentido un sonido, y en
este prevalecen. Al final: un latido. Sonido de naturaleza.
“Nietzsche deriva esta fusión entre música y palabra
del concepto de sentimiento schopenhaueriano, a saber, una forma de afectividad
que, a pesar de manifestarse en la conciencia, no es un conocimiento abstracto
de la razón”.
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